
“Una vez soñé que era una mariposa, y ahora ya no sé si soy Zhuangzi que soñó que era una mariposa, o si soy una mariposa que sueña que soy Zhuangzi”
Zhuangzi
Ahora lo veo claramente. Te tengo y no. Soy feliz y no. Sólo apenas, sólo a veces...
Bella y efímera es la vida de la mariposa en su último vuelo, exhibiendo inocente y radiante sus colores al sol, dando muestras de valor y de coraje. Volando como es natural. Existiendo, sin detenerse a pensar ¿por qué? Si la vida pasará, y ya pasó; sólo el recuerdo, y quizás, no.
Una mariposa nocturna sale en busca de la luz, da tres vueltas en el aire, como suspendida de un hilo transparente; su vuelo es artesanal, grácil, y sólo así, ella es. Simple y traslúcida... ¿Será que no sabe de su destino? ¿O vuela con indiferencia porque lo sabe? ¿Tendrá su gracia el don de la verdad? ¿O será su valor la ignorancia de su existir? Un vulgar insecto, sin embargo, todo es misterio e incertidumbre.
Y nosotros, insignificantes seres humanos en el infinito universo, dotados de la inteligencia y de la razón, de las más altas tecnologías y de todas las herramientas de la ciencia moderna, y de todo el poder para modificar y hasta destruir la misma Naturaleza que nos da la vida, así y todo no hemos sido capaces de escapar del mismo destino de la mariposa. Y peor aún, somos tan concientes del incierto final, que para evitar el sufrimiento y la impotencia que nos provoca la sola idea de la muerte (palabra que de por sí tiene una connotación tan negativa en el ideario colectivo, que muchas personas evitan mencionarla prefiriendo utilizar términos como “falleció”, o frases como “se nos fue”), preferimos vivir haciendo de cuenta que somos eternos, y que eso nunca nos pasará, siempre le sucede a los otros; llorando la pérdida de los seres queridos y acostumbrados a la de los semejantes que vemos morir cotidianamente en los noticieros, aún así es tan cruel la realidad, que no podemos soportar siquiera imaginar nuestro propio final sin evitar la tremenda angustia existencial de que sólo somos capaces nosotros, los seres humanos. ¿Será que el sólo hecho de pensar en la muerte trae desgracia, como una especie de superstición? ¿Y hay que tocar madera para evitarla? Mejor tener un Dios de donde agarrarse, decía un amigo, aunque más no sea un absurdo consuelo... Creer y no. Tener y no. Poder y no. Saber y no. Ser y no... Las mismas paradojas de siempre: la vida y la muerte. Preguntas repetidas miles de veces a lo largo de miles de años de humanidad y de civilización. Se lo preguntaba Sócrates en la antigüedad, Copérnico en la Edad Media, Leonardo en el Renacimiento, también Einstein y Boudelaire en el Modernismo, y el vecino de abajo ¿Somos acaso algo más que un simple insecto? ¿O es sólo una ilusión de poder? ¿Será la vanidad nuestra peor ceguera?
Hoy no sé si soy y mucho menos si seré. Quizás un día, tal vez, yo también pueda volar, sin dudar, sin recordar lo que fui, ni pensar en lo que soy, o soñar en lo que seré (¿enloqueceré?), y dejarme llevar por la vida en su devenir, natural, inocente, radiante y bella, como la mariposa, hasta concluir el vuelo final.
Bella y efímera es la vida de la mariposa en su último vuelo, exhibiendo inocente y radiante sus colores al sol, dando muestras de valor y de coraje. Volando como es natural. Existiendo, sin detenerse a pensar ¿por qué? Si la vida pasará, y ya pasó; sólo el recuerdo, y quizás, no.
Una mariposa nocturna sale en busca de la luz, da tres vueltas en el aire, como suspendida de un hilo transparente; su vuelo es artesanal, grácil, y sólo así, ella es. Simple y traslúcida... ¿Será que no sabe de su destino? ¿O vuela con indiferencia porque lo sabe? ¿Tendrá su gracia el don de la verdad? ¿O será su valor la ignorancia de su existir? Un vulgar insecto, sin embargo, todo es misterio e incertidumbre.
Y nosotros, insignificantes seres humanos en el infinito universo, dotados de la inteligencia y de la razón, de las más altas tecnologías y de todas las herramientas de la ciencia moderna, y de todo el poder para modificar y hasta destruir la misma Naturaleza que nos da la vida, así y todo no hemos sido capaces de escapar del mismo destino de la mariposa. Y peor aún, somos tan concientes del incierto final, que para evitar el sufrimiento y la impotencia que nos provoca la sola idea de la muerte (palabra que de por sí tiene una connotación tan negativa en el ideario colectivo, que muchas personas evitan mencionarla prefiriendo utilizar términos como “falleció”, o frases como “se nos fue”), preferimos vivir haciendo de cuenta que somos eternos, y que eso nunca nos pasará, siempre le sucede a los otros; llorando la pérdida de los seres queridos y acostumbrados a la de los semejantes que vemos morir cotidianamente en los noticieros, aún así es tan cruel la realidad, que no podemos soportar siquiera imaginar nuestro propio final sin evitar la tremenda angustia existencial de que sólo somos capaces nosotros, los seres humanos. ¿Será que el sólo hecho de pensar en la muerte trae desgracia, como una especie de superstición? ¿Y hay que tocar madera para evitarla? Mejor tener un Dios de donde agarrarse, decía un amigo, aunque más no sea un absurdo consuelo... Creer y no. Tener y no. Poder y no. Saber y no. Ser y no... Las mismas paradojas de siempre: la vida y la muerte. Preguntas repetidas miles de veces a lo largo de miles de años de humanidad y de civilización. Se lo preguntaba Sócrates en la antigüedad, Copérnico en la Edad Media, Leonardo en el Renacimiento, también Einstein y Boudelaire en el Modernismo, y el vecino de abajo ¿Somos acaso algo más que un simple insecto? ¿O es sólo una ilusión de poder? ¿Será la vanidad nuestra peor ceguera?
Hoy no sé si soy y mucho menos si seré. Quizás un día, tal vez, yo también pueda volar, sin dudar, sin recordar lo que fui, ni pensar en lo que soy, o soñar en lo que seré (¿enloqueceré?), y dejarme llevar por la vida en su devenir, natural, inocente, radiante y bella, como la mariposa, hasta concluir el vuelo final.
(Texto original: 13/07/2006 - Adaptación: 10/10/2008)

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