viernes, 7 de noviembre de 2008

El abrazo justo

No nos engañemos... Porque si bien nos une la danza y el ansia del tango, él es hombre y yo mujer, y ambos estamos metidos en este baile que jugamos “inocentemente” y que pretende no mezclarse, pero que inevitablemente convive en la esencia misma del tango. Porque cuando la intensidad de la música se une a una coreografía casi perfecta y nuestros corazones laten al unísono, la respiración se acelera y se confunde el aliento, las miradas se cruzan fugazmente y el brillo de las pupilas destellan reflejos de emoción, de aprobación, de felicidad... En esos instantes, eternos y sutiles, una ráfaga de amor inunda las almas, y sentimos ganas de abrazarnos y de besarnos... Y con el último compás del tango, explotan de éxtasis los corazones y una especie de paz y gratitud nos invade de repente, poniendo fin a la danza, y abriendo una nueva oportunidad de encontrar, una vez más, un abrazo cada vez más preciso. Un abrazo intuitivo y sensible, que me guíe y me contenga; que me sostenga y nos equilibre. Un abrazo que me permita ser y soñar; que me colme y nos satisfaga. Un abrazo que me de confianza y libertad.
El abrazo justo en el tango, es el mismo que anhelo para el amor.

(Texto original: 13/07/2006 - Adaptación: 10/10/2008)

El conquistador


Estaba sola. Sola, pero acostumbrada. Hacía como cinco años que no estaba en pareja y que no encontraba un hombre a quien amar y que la amara, o al menos, a un hombre que quisiera compartir con ella algo más que sólo un momento en la cama. Sexo, en realidad, no era lo que buscaba. Claro que era importante para ella, sabía de sus necesidades de mujer, de hembra, de su ardiente deseo a flor de piel y tan insatisfecho desde hacía tanto tiempo, porque a decir verdad, con ninguno de los hombres con quienes se venía cruzando en los últimos años había tenido un sexo que valga la pena recordar. Por el contrario, le habían dejado un vacío tan grande y se había sentido tan poca cosa, que cada día que transcurría se convencía más aún de sus necesidades más profundas. Sí, el sexo era necesario, definitivamente, pero en esta etapa de su vida, no era lo fundamental. Tenía la mente abrumada de tanta soledad, el corazón herido, por cierto, aunque abierto y dispuesto a dar. Sentía que ahora necesitaba de otra cosa: ella necesitaba un amor. Un verdadero amor. Un amor tan grande como nunca se había atrevido a imaginar. Un gran amor: esto era lo que ella tanto deseaba.
Aquella tarde de domingo caminaba por Retiro, en dirección a la parada del 70, y al llegar, vio a un singular hombre, parado justo bajo el cartel indicador. Lo miró como al pasar, haciendo un fugaz paneo de su cabeza a sus pies, y lo que más le llamó la atención fue ese rostro de rasgos fuertes, de belleza exótica, con aire de otras tierras. Vestía una camisa blanca que resaltaba su tez morena, un jean clarito, zapatillas rojas y un suéter de hilo beige cruzado del hombro a la cintura. Rápidamente ella desvió su mirada para disimular su atención y giró dándole la espalda para ver si venia el colectivo. Pero él se le acercó sin prisa, y sin dudar le preguntó si esperaba el 70, y ella, asintió. Decidido a acercarse más aún, al subir al colectivo se sentó junto a ella, previo pedirle su consentimiento, y luego de cruzar algunas miradas curiosas y preguntas al azar, el diálogo quedo abiertamente establecido.
Desde esas primeras palabras, ella se percató de que era un hombre elemental, con un lenguaje sencillo, perteneciente a otra cultura. Era una persona muy diferente a ella y al tipo de hombres con los cuales acostumbraba a tratar. Sin embargo, esta primera impresión no le hizo perder interés, por el contrario, le resultaba simpático y agradable. El curioso hombre no paraba de hablar y de sonreír, de preguntar y de favorecer cualquiera de sus respuestas y por supuesto de galantear. Tenía la mirada más dulce que ella hubiera conocido. De repente, le pareció simplemente, encantador.
Mientras él le hablaba, ella no podía dejar de mirarlo, fascinada: este hombre tenía algo especial, una especie de magnetismo, tal vez fuera su gracia, o simplemente fueran sus diferencias lo que más le atraía. No había detalle que se le pasara por alto: su piel chocolate; su cabellera oscura, espesa y ondulada; sus ojos almendrados y profundos, que remitían a un pasado ancestral indígena y místico; sus labios carnosos y tentadores; su risa fácil y sus dientes blancos. Por momentos intentaba disimular la fuerte atracción de sus pupilas que se fijaban en su boca, en esas dos ínfimas pecas que adornaban el labio superior, moviéndose al ritmo de sus palabras. Deseaba besarlo. ¡Sí! ¡Deseaba tanto saborear esos labios! Nunca antes le había pasado algo parecido con un extraño. Y de repente, él tomó su mano. Ella sintió su calor y la aspereza de esa piel callosa marcada por el trabajo duro, y la soltó de golpe, en un acto reflejo de vergüenza condicionada, más que como una decisión a conciencia; pero el hombre, volvió a insistir, aludiendo que se trataba de un simple gesto de cariño, y ella que tanto lo necesitaba, la aceptó. Y al tomarla se relajó y pudo disfrutar de su cálido contacto durante el resto del viaje. Y de esta manera, se gestaba una primera confianza.

El colectivo llegó a destino y el viaje se había hecho más corto de lo usual. Ambos descendieron y él se ofreció a acompañarla hasta la puerta de su casa, donde intercambiaron celulares y él le pidió de volver a verla más tarde para compartir una pizza. Ella dudó un instante y le propuso pensarlo. Pero antes de despedirse, él se le acercó hasta dejarla acorralada contra la puerta, y sin tocarla, lentamente, fue acercando su rostro al de ella hasta quedar sus bocas enfrentadas. Ella ni pestañeó, automáticamente cerró sus ojos, dispuesta de dejar que esos labios tan ansiados, la besaran. Fue un beso suave, superficial, pero infinitamente dulce, un beso de prueba, un beso con signo de pregunta: ¿Te gustó? ¿Querés otro? Y no hizo falta la respuesta. Ella rodeó su cuello con sus brazos, él la tomo por la cintura y se estrecharon en un beso más profundo, lleno de deseo y de aprobación. Fue el beso más maravilloso que su boca había recibido en incalculable tiempo. En realidad, ya no recordaba los anteriores, el sabor de este beso y el olor de su piel lo habían colmado todo, hasta su memoria. La sonrisa final y la mirada feliz fue la señal de que todo estaba perfecto. Sin embargo, ella aún no había dicho que sí.

Entró a su casa radiante y dichosa, aún le temblaban las piernas de la emoción, se sentía totalmente confundida, llena de dudas y preguntas: ¿Cómo había podido besar a ese extraño que acababa de conocer hacía una hora en la parada del colectivo? ¿Estaba tan desesperada? Porque oportunidades no le faltaban. Entonces ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué clase de hombre había logrado atravesar la fortaleza de su corazón? ¿Sería acaso un hechicero que habría empleado su magia para seducirla? No tenía respuestas. Y mientras se bañaba, no podía dejar de pensar en ese peculiar sujeto, ni de sentir aún en sus labios el sabor de ese beso de fuego. Estaba claro que le había gustado y mucho, pero sentía cierto recelo, aunque no era real, era más bien esa desconfianza que se aprende de pequeños: “no confíes en extraños”. Sin embargo, muy en el fondo de su corazón, sabía que este hombre era bueno. No era un saber racional, era sólo su intuición, o tal vez fuera ese sexto sentido que dicen que tienen las mujeres. Claro que eso también podía fallar...

Pero hoy, él era su conquistador, y por fin había llegado.


(Texto original: 02/10/2006 - Adaptación: 19/09/2008)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Tango fantasía

No sé si será tu risa contagiosa,
la sensual caricia de tu abrazo tanguero,
el ritmo de tu baile o tu cadencia,
o sólo sea la primavera, lo que me embriaga.

Quizás sea tu mirada chispeante,
el timbre de tu voz y tus palabras,
o el calor de tus manos sabias
que descubren mi cuerpo, y lo agasajan.

Tal vez sea tanta soledad acumulada
del tiempo transcurrido entre fantasmas,
o sea la nueva mujer que en mi renace
como una mariposa alucinada.

No lo sé aún, pero lo intuyo,
Está cerca de mí, y lo respiro,
el perfume fatal que me intoxica
y colma de ilusión mi fantasía.


(texto original: 5/11/2008)

domingo, 2 de noviembre de 2008

La mariposa


“Una vez soñé que era una mariposa, y ahora ya no sé si soy Zhuangzi que soñó que era una mariposa, o si soy una mariposa que sueña que soy Zhuangzi

Zhuangzi

Ahora lo veo claramente. Te tengo y no. Soy feliz y no. Sólo apenas, sólo a veces...
Bella y efímera es la vida de la mariposa en su último vuelo, exhibiendo inocente y radiante sus colores al sol, dando muestras de valor y de coraje. Volando como es natural. Existiendo, sin detenerse a pensar ¿por qué? Si la vida pasará, y ya pasó; sólo el recuerdo, y quizás, no.
Una mariposa nocturna sale en busca de la luz, da tres vueltas en el aire, como suspendida de un hilo transparente; su vuelo es artesanal, grácil, y sólo así, ella es. Simple y traslúcida... ¿Será que no sabe de su destino? ¿O vuela con indiferencia porque lo sabe? ¿Tendrá su gracia el don de la verdad? ¿O será su valor la ignorancia de su existir? Un vulgar insecto, sin embargo, todo es misterio e incertidumbre.
Y nosotros, insignificantes seres humanos en el infinito universo, dotados de la inteligencia y de la razón, de las más altas tecnologías y de todas las herramientas de la ciencia moderna, y de todo el poder para modificar y hasta destruir la misma Naturaleza que nos da la vida, así y todo no hemos sido capaces de escapar del mismo destino de la mariposa. Y peor aún, somos tan concientes del incierto final, que para evitar el sufrimiento y la impotencia que nos provoca la sola idea de la muerte (palabra que de por sí tiene una connotación tan negativa en el ideario colectivo, que muchas personas evitan mencionarla prefiriendo utilizar términos como “falleció”, o frases como “se nos fue”), preferimos vivir haciendo de cuenta que somos eternos, y que eso nunca nos pasará, siempre le sucede a los otros; llorando la pérdida de los seres queridos y acostumbrados a la de los semejantes que vemos morir cotidianamente en los noticieros, aún así es tan cruel la realidad, que no podemos soportar siquiera imaginar nuestro propio final sin evitar la tremenda angustia existencial de que sólo somos capaces nosotros, los seres humanos. ¿Será que el sólo hecho de pensar en la muerte trae desgracia, como una especie de superstición? ¿Y hay que tocar madera para evitarla? Mejor tener un Dios de donde agarrarse, decía un amigo, aunque más no sea un absurdo consuelo... Creer y no. Tener y no. Poder y no. Saber y no. Ser y no... Las mismas paradojas de siempre: la vida y la muerte. Preguntas repetidas miles de veces a lo largo de miles de años de humanidad y de civilización. Se lo preguntaba Sócrates en la antigüedad, Copérnico en la Edad Media, Leonardo en el Renacimiento, también Einstein y Boudelaire en el Modernismo, y el vecino de abajo ¿Somos acaso algo más que un simple insecto? ¿O es sólo una ilusión de poder? ¿Será la vanidad nuestra peor ceguera?

Hoy no sé si soy y mucho menos si seré. Quizás un día, tal vez, yo también pueda volar, sin dudar, sin recordar lo que fui, ni pensar en lo que soy, o soñar en lo que seré (¿enloqueceré?), y dejarme llevar por la vida en su devenir, natural, inocente, radiante y bella, como la mariposa, hasta concluir el vuelo final.
(Texto original: 13/07/2006 - Adaptación: 10/10/2008)