domingo, 12 de octubre de 2008

Huevos congelados

Miraba y no podía creerlo. La tormenta era impresionante. Se había desatado de repente, sin ningún aviso. Primero fueron unas leves gotitas casi imperceptibles, una llovizna apenas. Poco a poco el golpeteo de las gotas sobre el techo de chapa del vecino de abajo, comenzaron a escucharse más fuerte y cobraron un ritmo que me sonaba a marcha. “La marcha del agua”, pensé, y continué sumergida en el monitor de mi computadora, trabajando, mientras allá afuera, también la lluvia hacia lo propio: caía y sonaba. Pero de pronto, el ritmo se aceleró, los golpes ya no se correspondían a gotas de agua, el sonido era penetrante y seco, como piedras que golpeaban con ímpetu la pobre chapa. El ruido era ensordecedor, y ya no pude seguir concentrada. Salté de la silla, en un impulso reflejo, y corrí hacia el living para ver qué estaba pasando. Efectivamente, al llegar al ventanal pude comprobar, asombrada, que lo que caía del cielo no era agua, sino piedras, ¡enormes piedras blancas! como huevos congelados.
Desde allí podía verlo todo. El paisaje era asombroso y siniestro. Era como estar en la platea de un cine viendo una película de Hitchcock en color y con sonido dolby. Aún era la tarde, pero parecía de noche. El cielo se había vestido de impenetrable gris plomizo y había cubierto completamente el paisaje como un manto, mientras el colosal granizo continuaba cayendo con ritmo loco y amenazador directamente sobre la superficie de la Tierra. El verde del jardín se poblaba de puntos blancos; por la calle corrían ríos impetuosos que fluían aceleradamente buscando un surco, un camino, una salida y el ruido del agua filtrándose por las alcantarillas, rugía ferozmente, componiendo una música salvaje. En su imponente caída nadie se salvaba. Se oían las alarmas de los autos que suplicaban y los vidrios que estallaban, uniéndose en dueto, como baterías, al concierto total de la tormenta granizada. Los perros de la cuadra habían desaparecido. La gente corría desesperada en busca de refugio, cubriéndose la cabeza con lo que tuviera a mano, sin entender por qué tanta violencia. Desde aquí, apenas podía ver sus rostros, pero sí, quizás, adivinar sus plegarias: “Padre nuestro que estas en los Cielos!...”
Repentinamente el viento cambio su dirección y las piedras blancas comenzaron a golpear sobre el vidrio de mi ventana. Me asusté y decidí distanciarme un poco, por precaución, pero sin poder apartar la vista de aquel dantesco panorama. Sentí un temblor inesperado, como una electricidad que me recorrió todo el cuerpo, la piel se me erizó y la imagen del Apocalipsis invadió mis pensamientos. Y yo que nunca fui creyente, tuve miedo. ¿Estaremos todos en capilla? ¿Será éste el castigo divino? Era el cielo enfurecido escupiendo su bronca. Y yo, desde mi ventana, perpleja y fascinada, sólo observaba. Jamás había presenciado algo semejante.
Supe más tarde por las noticias que el granizo había hecho desastres. Y aunque sólo duró cinco minutos, fue suficiente para provocar muchos daños materiales, heridos en la cabeza, y hasta resultó un muerto.
Luego, poco a poco, la tormenta fue calmándose, las piedras dejaron de caer y la lluvia y el viento se apaciguaron. Y todo volvió a la normalidad. Ya casi ni llovía. El concierto había llegado a su fin y decidí volver al trabajo, aún sin poder salir de mi asombro. Había pasado el susto, sin embargo me quedé reflexionando en como de un momento a otro, como si nada, somos testigos de cosas increíbles que superan nuestro entendimiento, que nos dejan atónitos y sin palabras, allí parados, impotentes, atestiguando los hechos y sin poder hacer nada para evitarlos. Sólo mirando como inmóviles espectadores de una tragicomedia. Testigos mudos, pero no sordos ni ciegos. Y allí nos quedamos, azorados, ante la abominable belleza.
¿O fue acaso un llamado de atención de la Naturaleza? Esos cinco minutos nefastos de la tormenta granizada no podía haber sido sólo un fenómeno meteorológico más que se les escapaba a los pronosticadores del clima. El lenguaje de la Madre Tierra es siempre un misterio. Ella tiene sus propios verbos y sus metáforas, y porqué no, su forma de vengarse.
Al día siguiente, todo estaba en calma, apenas había abierto los ojos, y sólo se oían los típicos sonidos de cada mañana: los pájaros que cantaban, los perros ladrando, algunas persianas levantándose, los coches y colectivos que pasaban por la cuadra, los tacos apresurados de los vecinos de arriba, los carros desvencijados de los cartoneros. Todo parecía normal. Y pronto recordé: ¿y la tormenta blanca? (como había sido bautizada en los titulares de los diarios vespertinos)(1) . Corrí de la cama directo a la ventana, queriendo comprobar si no había sido sólo una pesadilla. Pero no. Todavía podía ver la calle mojada, los ríos de deshielo del granizo y a lo lejos, el vasto gris del cielo que comenzaba a aclarar y de a poco se quebraba, dejando filtrar algunos tímidos rayos de luz como serpentinas. Y antes de que el agua del mate estuviera lista, el sol había aparecido, milagrosamente. Un nuevo día comenzaba, una nueva mañana luminosa y prometedora. Y todo había recuperado su ritmo habitual: la sinfonía cotidiana. Respiré profundo... Creo que, esta vez, fuimos perdonados.

(Texto original: 27/07/2006 - Adaptación: 18/09/2008)
(1) La tormenta blanca fue un hecho real que sucedió el 26/07/2006, en Buenos Aires.

Ciudad cautiva

Cuando era pequeña solíamos venir poco a la ciudad, y cuando ello ocurría era un gran paseo. Una de las más lindas atracciones era visitar la Plaza de los Dos Congresos. Era igualita que ahora, con la diferencia que la gran fuente al pie del gran monumento a la libertad, custodiada por enormes caballos, personajes mitológicos, ángeles y hasta extraños monstruos marinos esculpidos en el bronce (aunque quizás los jóvenes y los niños que ahora la ven, ni se lo imaginen) funcionaba como cualquier fuente, es decir, vertía agua y no sólo eso. Alrededor de las siete u ocho de la tarde, cuando la noche comenzaba, ya toda la gente se había dispuesto alrededor de la fuente, expectante, preparada para presenciar el maravilloso espectáculo que puntualmente allí se representaba, no recuerdo si todos los días, en forma libre y gratuita. Y aunque resulte insólito creerlo, la gente circulaba libremente por todos lados, sin ningún tipo de impedimento, ubicándose en donde se le venía la gana. Toda la plaza, incluyendo el césped, el monumento, las escalinatas y la fuente misma eran realmente públicas, y los transeúntes podíamos disfrutar de todo lo que ella tenía para ofrecer.
El espectáculo se iniciaba con música clásica (no sé si era Chopin, Vivaldi, Bach o Beethoven, pero ¡la música era bellísima!) mientras las aguas de la fuente brotaban en distintos puntos, a veces dibujando hileras de diferentes alturas, creciendo y desvaneciéndose rítmicamente, a veces formando círculos, semicírculos, o chorros aislados, iluminadas con luces multicolores, que iban cambiando de acuerdo al movimiento de las aguas que danzaban al ritmo de la música en perfecta sincronía. Estas eran las protagonistas de un show de singular belleza y calidad artística, siendo que en esa época todavía no existía la tecnología de última generación de nuestros días, sin embargo resultaba asombroso y enriquecedor, no sólo para la vista sino también para el espíritu. La gente quedaba como hipnotizada, los niños ni se escuchaban, todos quedaban mudos y fascinados, apreciando la dinámica belleza, era como si el agua cobrara vida, una verdadera fiesta para los sentidos. Al comienzo, la música era suave, y el agua danzaba cadenciosamente, con chorritos coloridos que iban y venían, y en los adagios de pronto desaparecían, para iniciar suavemente su danza sin perder una nota de la melodía. Y a medida que la música se aceleraba en alguna variación, el agua, como nerviosa, se agilizaba, saltaba y pirueteaba como loca, se tornaba veloz y fugaz, arrojándose y precipitándose en millones de coloridas gotitas que a veces salpicaban al público presente dependiendo de la dirección del viento. Y para rematar, en el punto álgido de la música, aparecía, estruendoso, un gigantesco chorro, que salía justo del centro mismo de la fuente, grandioso y soberbio, logrando así su máximo esplendor. Y aunque no había artistas en escena, la gente aplaudía feliz y agradecida ante la magnifica función presenciada.

Nunca supe bien porqué ni cuándo las aguas dejaron de danzar, supongo que fue cuando la música terminó y nadie la volvió a encender o cuando las luces se quemaron y nadie cambió las lamparitas. Lo cierto es que la fuente se quedó sin agua, y dejó de ser fuente para convertirse en un pedazo de piedra sin sentido, como todos podemos verla hoy, rodeada de rejas, condenada a vivir prisionera por tiempo indeterminado sin saber siquiera cuál fue su delito. Y no sólo las fuentes, las plazas, los monumentos y las estatuas, sino también las ventanas, las puertas, los porteros eléctricos, las casas, los kioscos y maxikioscos, las heladerías, los garages, las remiserías, los bancos, las iglesias y los templos, los almacenes, los colegios, los edificios públicos y privados, los árboles y las rosas; todo, absolutamente casi todo ha sido enrejado para protegerlo de los mismos habitantes de esta ciudad cautiva en que se ha venido transformando Buenos Aires en los últimos años. Y mientras seguimos mirando el panorama rayado a través de los barrotes, pensamos, sin estar muy seguros todavía, si el peligro acecha allá afuera o si los peligrosos somos nosotros, aquí adentro.


(Buenos Aires, 24/09/2008)