domingo, 12 de octubre de 2008

Ciudad cautiva

Cuando era pequeña solíamos venir poco a la ciudad, y cuando ello ocurría era un gran paseo. Una de las más lindas atracciones era visitar la Plaza de los Dos Congresos. Era igualita que ahora, con la diferencia que la gran fuente al pie del gran monumento a la libertad, custodiada por enormes caballos, personajes mitológicos, ángeles y hasta extraños monstruos marinos esculpidos en el bronce (aunque quizás los jóvenes y los niños que ahora la ven, ni se lo imaginen) funcionaba como cualquier fuente, es decir, vertía agua y no sólo eso. Alrededor de las siete u ocho de la tarde, cuando la noche comenzaba, ya toda la gente se había dispuesto alrededor de la fuente, expectante, preparada para presenciar el maravilloso espectáculo que puntualmente allí se representaba, no recuerdo si todos los días, en forma libre y gratuita. Y aunque resulte insólito creerlo, la gente circulaba libremente por todos lados, sin ningún tipo de impedimento, ubicándose en donde se le venía la gana. Toda la plaza, incluyendo el césped, el monumento, las escalinatas y la fuente misma eran realmente públicas, y los transeúntes podíamos disfrutar de todo lo que ella tenía para ofrecer.
El espectáculo se iniciaba con música clásica (no sé si era Chopin, Vivaldi, Bach o Beethoven, pero ¡la música era bellísima!) mientras las aguas de la fuente brotaban en distintos puntos, a veces dibujando hileras de diferentes alturas, creciendo y desvaneciéndose rítmicamente, a veces formando círculos, semicírculos, o chorros aislados, iluminadas con luces multicolores, que iban cambiando de acuerdo al movimiento de las aguas que danzaban al ritmo de la música en perfecta sincronía. Estas eran las protagonistas de un show de singular belleza y calidad artística, siendo que en esa época todavía no existía la tecnología de última generación de nuestros días, sin embargo resultaba asombroso y enriquecedor, no sólo para la vista sino también para el espíritu. La gente quedaba como hipnotizada, los niños ni se escuchaban, todos quedaban mudos y fascinados, apreciando la dinámica belleza, era como si el agua cobrara vida, una verdadera fiesta para los sentidos. Al comienzo, la música era suave, y el agua danzaba cadenciosamente, con chorritos coloridos que iban y venían, y en los adagios de pronto desaparecían, para iniciar suavemente su danza sin perder una nota de la melodía. Y a medida que la música se aceleraba en alguna variación, el agua, como nerviosa, se agilizaba, saltaba y pirueteaba como loca, se tornaba veloz y fugaz, arrojándose y precipitándose en millones de coloridas gotitas que a veces salpicaban al público presente dependiendo de la dirección del viento. Y para rematar, en el punto álgido de la música, aparecía, estruendoso, un gigantesco chorro, que salía justo del centro mismo de la fuente, grandioso y soberbio, logrando así su máximo esplendor. Y aunque no había artistas en escena, la gente aplaudía feliz y agradecida ante la magnifica función presenciada.

Nunca supe bien porqué ni cuándo las aguas dejaron de danzar, supongo que fue cuando la música terminó y nadie la volvió a encender o cuando las luces se quemaron y nadie cambió las lamparitas. Lo cierto es que la fuente se quedó sin agua, y dejó de ser fuente para convertirse en un pedazo de piedra sin sentido, como todos podemos verla hoy, rodeada de rejas, condenada a vivir prisionera por tiempo indeterminado sin saber siquiera cuál fue su delito. Y no sólo las fuentes, las plazas, los monumentos y las estatuas, sino también las ventanas, las puertas, los porteros eléctricos, las casas, los kioscos y maxikioscos, las heladerías, los garages, las remiserías, los bancos, las iglesias y los templos, los almacenes, los colegios, los edificios públicos y privados, los árboles y las rosas; todo, absolutamente casi todo ha sido enrejado para protegerlo de los mismos habitantes de esta ciudad cautiva en que se ha venido transformando Buenos Aires en los últimos años. Y mientras seguimos mirando el panorama rayado a través de los barrotes, pensamos, sin estar muy seguros todavía, si el peligro acecha allá afuera o si los peligrosos somos nosotros, aquí adentro.


(Buenos Aires, 24/09/2008)

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